Mostrando entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas

Rosas, libros, mojitos y frases bonitas


"Porque cada momento contigo es como reventarle la cabeza a un zombi... y, sin duda, iria a exterminarlos en tu compañia (...) "

Tú lo has dicho: lo mejor, sin duda. Gracias. Mua.

X papa XY







De primeras el título del libro cuando menos me parece interesante. El subtitulo ya me empieza a crear dudas (Guia para todas aquellas mujeres a las que les gusta el porno pero aún no lo saben"). Enseguida hago una relación titulo-subtitulo y entonces ya si que no entiendo nada. ¿Una guia... sobre porno... y para mujeres?. Así que me voy al blog a ver si entiendo algo más. Click.

Despues de navegar por la página empiezo a entender de que va el tema.

La idea y proposito de Erika Lust de cambiar los cliches femeninos en la pornografia y crear cine X pensando en la mujer cuanto menos es admirable. Es cierto que cine adulto tiene un elevado discurso machista y la mujer tiene que conformarse con lo que ofrece o en peor caso, consumir el cine erótico (uuuuiii... sííí.... que emoción).

Lo que no veo claro es el fin de la publicación de este libro. Cambio los papeles "Porno para hombres. Guia para todos aquellos hombres que..." Guia, porno, hombres, guia, porno, hombres... Creo que me sobra una palabra... mmm.

"Erika Lust nos ofrece en estas páginas una visión clara y divertida de la factoría pornográfica actual." Contraposición, no lo veo nada claro. El público femeníno se quiere soltar de las ataduras que ha arrastrado siempre y mostrarse sexualmente deshínivido, fuerte y explicito. Pero resulta que nos tienen que seguir pintando todo bonito y de color de rosa, como maquillando el tabu que siempre ha sido el sexo para que nos sea más lícito consumirlo.

No creo que a ningun chico le hayan cuestionado si le gusta o no el porno. Algun día le pico la curiosidad, se cogio su primera película y decidio si seguir consumiendo o no. Como quien consume ciencia ficción o cine de terror.
"Guia para mujeres que les gusta el porno pero no lo saben" ¿Y por qué no lo saben? Igual es porque les interesa un carajo. Si algo te gusta: te interesas, buscas, preguntas. ¿Por qué nosotras necesitamos una guía que nos dija "señoras... hay una cosa que se llama pornografía y que les puede resultar interesante" Me hace pensar que no es más que un libro de venta enlace directo con los otros productos que ofrece su autora.

Me quedo gratamente con la intención, me sobran las filigranas.


"Carta a una señorita en París" de Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro —quizá, con suerte, tres— cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aun—que yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija—ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pudee me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches —sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches— y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano —yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo—; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos —un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses—, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro —no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha—. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡ Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vaina esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa —usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos— y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido —en su infancia, quizá— que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón —porque Sara ha de ser así, con camisón— y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora — En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes —no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


Font: Nu. Gracias.



Érase un día cualquiera en una tienda de lámparas, en interior se hallan el dependiente y una enjoyada señora.

Entra un MUTANTE, pregunta por una lámpara y al explicar dónde la quiere poner, el dependiente se la desaconseja por su excesivo tamaño y añade de todos modos sería mejor que vinieses con alguna mujer con la que viva: ellas entienden más de estas cosas y además en todas las casas mandan las señoras.

-"Ya pero da la casualidad que yo vivo sólo"- responde el MUTANTE.

-"¿Vives sólo?"- interrumpe impertinente la enjoyada señora.

No obtiene respuesta.

-"Voy a subir a la otra planta que tengo una parecida pero más pequeña"- dice el dependiente.

Oportunidad que aprovecha la buena señora para acercarse al MUTANTE con gesto altanero y los brazos en jarras y expetarle: "¡Yo no me creo que tú vivas sólo!"

Él baja la vista y con cara de circunstancia dice: "Tiene usted razón, señora...".

Ella dibuja una complacida sonrisa como diciendo ¡A mi me la vas a dar!.

Y él prosigue: "Vivo con tres putas que me tratan a cuerpo de rey. ¡No me falta de nada!. Por cierto una de ellas se parece mucho a usted, no se si serán familia..."

La señora palidece, se le desfigura el rostro, cual retrato picasiano y se marcha mascullando ininteligibles palabras.

Y es que a veces no hay mejor arma que un poco de mala hostia para acallar a bocazas.

Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...

Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...
Dentro de 7 días vas a soñar conmigo...

No es amor todo lo que reluce...



Beso de despedida a la Guerra fue tomada por Victor Jorgensen en Times Square el 14 de Agosto de 1945, en la que se puede ver a un soldado de la marina norteamericana besando apasionadamente a una enfermera. Al contrario de lo que lo que comúnmente se piensa, estos 2 personajes no eran pareja, sino que eran unos perfectos extraños que se habían encontrado allí. La fotografía, todo un icono, es considerada una analogía de la excitación y pasión que significa regresar a casa tras pasar una larga temporada fuera, como también la alegría experimentada al acabar una guerra.


Esta hermosa foto, que data de 1950, está considerada como la más vendida de la historia, con unos 410.000 copias despachadas. Esto fue debido a la intrigante historia con la que fue descrita durante muchos años: según se contaba esta foto había sido tomada fortuitamente por Robert Doisneau mientras se encontraba sentado tomándose un café con su Rolleiflex en la mano. Dicho fotógrafo acciono su cámara entre la multitud que caminaba frente a él y quedo grabada esta hermosa imagen de un par de amantes besándose con pasión mientras caminaban en medio de la muchedumbre. Esta fue la historia que se conoció durante muchos años hasta 1992, cuando dos impostores se hicieran pasar por la pareja protagonista de esta foto. Sin embargo el Sr. Doisneau indignado por aquella falsa declaración, revelaría la historia original aclarando así aquella leyenda: la fotografía no había sido tomada al azar, sino que se trataba de dos actores en los que se había fijado y a los que pidió que posaran para su lente, enviándoles una copia de la foto como agradecimiento. 55 años después Françoise Bornet (la mujer del beso) subastaría la copia de esta foto recibiendo por ella 200.000 dólares



Mi moraleja porque si: no convirtais los besos a vuestros amantes en actos cotidianos insulsos y automáticos. Un beso con pasión es una de las mejores acciones que puedes dar a lo largo del día... y por supuesto recibir.

Felizmente felices... a pesar de todo.



Dios aprieta pero no ahoga...

Y a cuento de criticas músicales...

Pocas veces te puedes hechar unas risas matutinas con la prensa.

Se pilla antes a un mentiroso (idiota) que a un cojo

Más entrevistas interesantes. Esta a Robert Trivenrs, teorico evolutivo.

-... al ser humano le falta corazón.Pero mis estudios versan sobre la biología evolutiva, sobre los mecanismos biológicos adaptativos como el altruismo recíproco o el engaño y el autoengaño.

- El altruismo no es necesariamente recíproco.


- De acuerdo. Usted rasca mi espalda y yo rasco la suya, hasta ahí todo va bien. Pero exite la tentación de que usted rasque mi espalda y yo pase. Así que necesitamos un sistema emocional para vigilar a los tramposos.

[...]

- ¿Quienes suelen ganar, los mentirosos o los engañados?

- Ante una misma comunidad el mentiroso habitual está destinado al fracaso. Si el mentiroso actúa de forma repetida, las víctimas del engaño llegan a identificar la mentira y desarrollan respuestas contra ella.

- Confiados, pero no tontos

[...]

- El autoengaño es una sofisticación del engaño, ya que ocultar la mentira a uno mismo la hace más invisible ante el resto... [...] ... porque estás echando fuera de tu mente la realidad.

Aunque a veces siento la tentación de gritarte... prefiero morderme la lengua y simplemente sonreirte

Interesante fragmento de una entrevista realizada a la monja nepalí cantante Ani Choyin Drolma.

- ¿Que te enseño tu maestro?

- A comprender que lo importante es como percibes las cosas: si es de manera positiva, el efecto será positivo, y viceversa. A no pensar que el juicio que tú emites es un juicio correcto. A no responder a una injusticia con otra injustica, al dolor con más dolor. [...]

- ¿Qué merece la pena en la vida?

- Nunca debes hacerte daño a ti mismo, a tu alma. Encontrar el verdadero sentido tu existencia en el mundo.

- Eso es muy difícil.


- A menudo lo más simple parece lo más complicado, precisamente por ser demasido sencillo. Todo es muy lógico...

- ¿En qué está pensando?

- Todos queremos ser felices y estar bien, centrémonos en ello: si yo le trato bien, usted sonreirá. Si usted sonríe, yo también sonreiré. Si yo le grito, usted dejará de estar feliz y me tratará mal, y yo le trataré todavía peor. Lo que siento lo transmito y se me devuelve.


Que cada cual saque su propio provecho, pero cuanto menos sugiero que muchos tomen nota.